septiembre 26, 2026
13 min de lectura

Abordaje de la artrosis de hombro en adultos mayores: estrategias de fisioterapia traumatológica y geriátrica para aliviar el dolor y restaurar la movilidad funcional

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La artrosis de hombro es una de las afecciones articulares más frecuentes en los adultos mayores y una de las principales causas de dolor y discapacidad funcional en esta etapa de la vida. Aunque no existe una cura definitiva, un abordaje adecuado que combine fisioterapia traumatológica y geriátrica puede marcar una gran diferencia en la calidad de vida del paciente. Este artículo ofrece una guía completa sobre cómo aliviar el dolor, recuperar la movilidad y prevenir complicaciones en personas mayores con artrosis de hombro, integrando el conocimiento clínico más actual con recomendaciones prácticas aplicables en el día a día.

La articulación del hombro es una de las más móviles del cuerpo humano, pero también una de las más vulnerables al desgaste. Con el envejecimiento, el cartílago articular pierde capacidad de regeneración y comienza a deteriorarse, lo que provoca fricción entre los huesos y desencadena el proceso degenerativo conocido como osteoartritis. Entender cómo evoluciona esta enfermedad y qué herramientas existen para frenar su avance es esencial para poder actuar a tiempo y mantener la independencia funcional del paciente mayor.

¿Qué es la artrosis de hombro y cómo afecta a los adultos mayores?

La artrosis de hombro, también denominada osteoartritis glenohumeral, es una enfermedad degenerativa crónica que afecta a las superficies articulares del hombro. El cartílago que recubre la cabeza del húmero y la cavidad glenoidea de la escápula se desgasta progresivamente, perdiendo su función de amortiguación y deslizamiento. Como consecuencia, los huesos rozan entre sí durante el movimiento, generando dolor, inflamación y limitación funcional.

En los adultos mayores, este desgaste articular adquiere una relevancia especial porque se suma a otros cambios propios del envejecimiento, como la pérdida de masa muscular (sarcopenia), la disminución de la densidad ósea y la reducción de la elasticidad de los tejidos blandos. Esto convierte a la artrosis de hombro en un problema que no solo afecta a la articulación, sino a todo el miembro superior y a la capacidad de la persona para realizar sus actividades básicas e instrumentales de la vida diaria.

La articulación del hombro: una estructura compleja y vulnerable

El hombro está formado por varias articulaciones que trabajan de forma coordinada para permitir un amplio rango de movimiento. La principal es la articulación glenohumeral, que une la cabeza del húmero con la cavidad de la escápula. También intervienen la articulación acromioclavicular, la esternoclavicular y el espacio subacromial, donde se deslizan los tendones del manguito rotador y la bolsa sinovial.

Esta complejidad anatómica explica por qué la artrosis de hombro no se manifiesta de forma aislada, sino que suele acompañarse de otras patologías como tendinopatías, bursitis o lesiones del manguito rotador. En el paciente mayor, la presencia de múltiples alteraciones estructurales hace necesario un enfoque terapéutico global que aborde no solo el desgaste articular, sino también los tejidos blandos circundantes.

Síntomas de la artrosis de hombro en personas mayores

Los síntomas de la artrosis de hombro pueden variar en intensidad y evolución de una persona a otra, pero existen una serie de manifestaciones clínicas que resultan especialmente características en los adultos mayores. El dolor es, sin duda, el síntoma más frecuente y el que más limita la calidad de vida. Este dolor suele ser profundo y sordo, localizado en la parte anterior o lateral del hombro, y tiende a empeorar con el movimiento o al apoyarse sobre el brazo afectado.

La rigidez articular es otra de las quejas habituales. Muchas personas mayores refieren dificultad para mover el brazo por completo, especialmente después de periodos de reposo como el sueño nocturno o tras permanecer sentadas durante largo tiempo. Esta rigidez, conocida como rigidez matutina o gelificación, puede dificultar tareas sencillas como peinarse, abrocharse una prenda o alcanzar un objeto en una estantería alta.

Otros signos de alerta y su impacto funcional

Además del dolor y la rigidez, la artrosis de hombro puede manifestarse a través de otros signos que conviene conocer:

  • Pérdida de rango de movimiento: dificultad progresiva para elevar el brazo por encima de la cabeza o realizar movimientos de rotación.
  • Debilidad muscular: sensación de falta de fuerza en el brazo y el hombro afectados, que puede provocar caídas de objetos o dificultad para cargar peso.
  • Crepidaciones o chasquidos: ruidos audibles o palpables durante el movimiento, producidos por la fricción entre superficies óseas irregulares.
  • Alteración del sueño: el dolor puede intensificarse por la noche, especialmente al intentar dormir sobre el lado afectado.
  • Limitación de las actividades diarias: acciones como vestirse, asearse, cocinar o realizar tareas domésticas se vuelven costosas y requieren de ayuda.

El impacto funcional de estos síntomas no debe subestimarse. La pérdida de autonomía que conlleva esta patología puede generar frustración, ansiedad y dependencia, afectando también al estado emocional del paciente mayor. Por este motivo, el tratamiento debe orientarse no solo a reducir los síntomas físicos, sino a preservar la capacidad funcional y la autoestima de la persona.

Causas y factores de riesgo de la artrosis de hombro

La artrosis de hombro es una enfermedad multifactorial en la que intervienen tanto factores intrínsecos como extrínsecos. El envejecimiento es el principal factor de riesgo, ya que con los años el cartílago articular pierde agua y proteoglicanos, volviéndose más frágil y menos capaz de soportar cargas. Aunque no todas las personas mayores desarrollan artrosis, la prevalencia aumenta significativamente a partir de los 50-60 años.

Las lesiones previas del hombro constituyen otro factor determinante. Fracturas del húmero proximal, luxaciones glenohumerales recidivantes, lesiones del manguito rotador o cirugías previas pueden alterar la biomecánica articular y acelerar el desgaste del cartílago. Estas lesiones, frecuentes en la juventud, pueden dejar secuelas que se manifiestan décadas más tarde en forma de artrosis sintomática.

Otros factores que predisponen al desarrollo de la enfermedad

Existen además otras condiciones que aumentan el riesgo de padecer artrosis de hombro en la edad avanzada:

  • Uso excesivo o sobrecarga laboral: profesiones o actividades deportivas que implican movimientos repetitivos del brazo por encima de la cabeza pueden contribuir al desgaste articular.
  • Malformaciones anatómicas: una cavidad glenoidea poco profunda o una inestabilidad crónica del hombro pueden originar una distribución anómala de las cargas sobre el cartílago.
  • Artritis reumatoide: esta enfermedad autoinmune puede afectar también al hombro y generar un daño articular severo que evoluciona hacia una artrosis secundaria.
  • Enfermedades metabólicas y vasculares: la osteonecrosis de la cabeza humeral o la hemocromatosis pueden dañar el tejido óseo y cartilaginoso, predisponiendo a la artrosis.
  • Factores genéticos y hereditarios: la existencia de antecedentes familiares de artrosis aumenta la probabilidad de desarrollarla, aunque no se trata de una herencia directa sino de una mayor susceptibilidad.

Cabe señalar que, en muchas ocasiones, la artrosis de hombro aparece sin una causa clara identificable, lo que se denomina artrosis primaria o idiopática. En estos casos, la combinación de edad, genética y microtraumatismos acumulados a lo largo de la vida suele ser la explicación más razonable.

La importancia del diagnóstico precoz en el paciente mayor

Un diagnóstico temprano permite iniciar el tratamiento fisioterapéutico cuando todavía existe un margen de mejora funcional significativo. En el adulto mayor, el diagnóstico de la artrosis de hombro se basa en la historia clínica, la exploración física y las pruebas de imagen. Durante la entrevista clínica, el médico o fisioterapeuta indaga sobre las características del dolor, su evolución temporal, los factores que lo agravan o alivian y el impacto en las actividades diarias.

La exploración física incluye la medición de los ángulos de movilidad activa y pasiva del hombro, la valoración de la fuerza muscular de los distintos grupos musculares y la palpación de las estructuras dolorosas. También se realizan pruebas específicas para descartar otras patologías que pueden simular una artrosis, como la tendinopatía del manguito rotador, la bursitis subacromial o el hombro congelado.

Pruebas de imagen y otras herramientas diagnósticas

Las radiografías son la prueba inicial más utilizada. Permiten observar el estrechamiento del espacio articular, la presencia de osteofitos (espuelas óseas) y cambios en la densidad del hueso subcondral. En estadios más avanzados, pueden apreciarse deformidades articulares y quistes óseos.

La resonancia magnética ofrece una visión más detallada de las partes blandas, incluyendo el cartílago, los tendones y los ligamentos. Resulta especialmente útil para valorar el estado del manguito rotador y la eventual presencia de lesiones asociadas. La ecografía musculoesquelética, por su parte, es una técnica accesible que ayuda a evaluar los tejidos superficiales y las bolsas sinoviales. En casos seleccionados, el análisis del líquido sinovial obtenido mediante artrocentesis puede descartar procesos infecciosos o inflamatorios.

Estrategias de fisioterapia para la artrosis de hombro en adultos mayores

La fisioterapia constituye el pilar fundamental del tratamiento conservador de la artrosis de hombro, especialmente en pacientes mayores donde la cirugía no siempre es recomendable. El objetivo no es regenerar el cartílago, algo imposible con los medios actuales, sino enseñar al paciente a convivir con su articulación degenerada de la forma más funcional e indolora posible. Para ello, el plan de tratamiento debe ser individualizado, progresivo y adaptado a las condiciones físicas y cognitivas de cada persona.

En el paciente geriátrico, el enfoque debe integrar los principios de la fisioterapia traumatológica con los de la geriatría, prestando especial atención a la prevención de caídas, el mantenimiento de la masa ósea y muscular, y la preservación de la autonomía. El trabajo multidisciplinar entre fisioterapeutas, traumatólogos, geriatras y terapeutas ocupacionales es clave para abordar los múltiples aspectos que influyen en la salud del hombro envejecido.

Objetivos principales del tratamiento fisioterapéutico

Los objetivos del tratamiento deben establecerse de forma consensuada con el paciente y su familia, teniendo en cuenta sus expectativas y motivaciones. Los más importantes son:

  • Aliviar el dolor mediante técnicas analgésicas, modulación de la actividad y educación en higiene postural.
  • Mantener o mejorar el rango de movimiento articular, evitando la rigidez y las retracciones capsulares.
  • Fortalecer la musculatura estabilizadora del hombro, especialmente el manguito rotador y la musculatura escapular.
  • Mejorar el equilibrio y la propiocepción, reduciendo el riesgo de caídas y lesiones secundarias.
  • Educar al paciente en el autocuidado, enseñándole a proteger su articulación en las actividades diarias.
  • Mantener la capacidad funcional para las actividades de la vida diaria, adaptando el entorno doméstico si fuera necesario.

Es fundamental que el paciente comprenda que la fisioterapia no produce resultados inmediatos, sino que requiere constancia y paciencia. Los avances suelen ser lentos pero sostenidos, y la adherencia al programa de ejercicios en el domicilio es uno de los factores que mejor predicen el éxito terapéutico.

Ejercicios de movilidad articular

Los ejercicios de movilidad son la primera herramienta para combatir la rigidez articular. Deben ejecutarse de forma suave, lenta y sin forzar en exceso, respetando siempre los límites del dolor. El paciente mayor puede realizarlos en camilla, sentado o incluso en el agua, donde la flotación reduce la carga articular.

Un ejemplo clásico es el péndulo de Codman, en el que el paciente se inclina hacia delante apoyando la mano sana sobre una superficie y deja colgar el brazo afectado, realizando movimientos de balanceo suaves en todas las direcciones. También resultan útiles los ejercicios de flexo-extensión de codo y hombro, las rotaciones suaves con la ayuda del brazo contrario y los movimientos circulares de la articulación.

Fortalecimiento muscular progresivo

Una musculatura fuerte y bien coordinada es la mejor protección para una articulación artrósica. El fortalecimiento muscular en el adulto mayor debe iniciarse con cargas ligeras, como bandas elásticas o mancuernas de 0,5 a 1 kilogramo, e ir aumentando de forma progresiva siempre que no aumente el dolor. Los ejercicios deben combinar la contracción concéntrica (acortamiento muscular) con la excéntrica (alargamiento controlado), ya que ambas son necesarias para una función muscular óptima.

Entre los ejercicios más recomendados destacan las rotaciones externas e internas con banda elástica, las elevaciones laterales con pesos ligeros, los empujes contra una pared o el trabajo de la musculatura escapular mediante retracciones y depresiones escapulares. Es importante enseñar al paciente a realizar los gestos sin compensar con el hombro sano ni elevando el hombro hacia las orejas, ya que un patrón motor incorrecto puede sobrecargar estructuras ya comprometidas.

Terapia manual y técnicas analgésicas

La terapia manual, aplicada por un fisioterapeuta experimentado, puede aportar beneficios notables en el alivio del dolor y la mejora de la movilidad. Las movilizaciones articulares pasivas en grado I y II ayudan a reducir el dolor mediante la estimulación de mecanorreceptores articulares. Las movilizaciones en grado III y IV son más eficaces para ganar rango de movimiento en fases avanzadas.

El masaje terapéutico de la musculatura cervical, dorsal y del hombro contribuye a disminuir la tensión muscular refleja que suele acompañar a la artrosis. Las técnicas de liberación miofascial, los estiramientos pasivos de los músculos pectorales y dorsales, y la neurodinamia para el manejo del estrés neural también forman parte del arsenal terapéutico. Como complemento, las modalidades analgésicas como la aplicación de calor superficial, la crioterapia, la electroterapia de baja frecuencia (TENS) o el ultrasonido pueden utilizarse de forma puntual para facilitar el ejercicio terapéutico.

Tabla de ejercicios recomendados para la artrosis de hombro en mayores

La siguiente tabla resume algunos de los ejercicios más útiles, su descripción y la frecuencia sugerida. Siempre deben adaptarse a la condición física del paciente y suspenderse ante un dolor agudo o de características diferentes al habitual.

Ejercicio Descripción Frecuencia sugerida
Péndulo de Codman Inclinarse hacia delante, dejar colgar el brazo y balancearlo suavemente en círculos u oscilaciones. 2 series de 30 segundos, 2 veces al día
Rotaciones externas con banda elástica Codo pegado al costado, girar el antebrazo hacia fuera contra la resistencia de la banda. 2-3 series de 10-15 repeticiones
Rotaciones internas con banda elástica Codo pegado al costado, girar el antebrazo hacia dentro contra la resistencia de la banda. 2-3 series de 10-15 repeticiones
Elevaciones laterales con peso ligero Con una mancuerna ligera, elevar el brazo hacia el lado hasta la altura del hombro, manteniendo el codo ligeramente flexionado. 2 series de 8-12 repeticiones
Estiramiento cruzado del manguito rotador Llevar el brazo afectado por delante del pecho y presionar suavemente con el otro brazo hacia el cuerpo. 3 series de 20-30 segundos

Prevención y recomendaciones para la vida diaria

Prevenir la aparición de la artrosis de hombro o frenar su progresión es un objetivo realista si se adoptan una serie de medidas desde edades tempranas. En los adultos mayores que ya padecen esta enfermedad, estas estrategias son igualmente importantes para evitar complicaciones y mantener la funcionalidad articular durante el mayor tiempo posible.

Mantener un peso corporal saludable es una de las medidas más eficaces, ya que el exceso de peso incrementa la carga sobre todas las articulaciones, incluido el hombro. Una dieta equilibrada, rica en alimentos antiinflamatorios como el pescado azul, los frutos secos, las frutas y las verduras, junto con una hidratación adecuada, contribuye a mantener el cartílago en mejores condiciones. También conviene limitar el consumo de alimentos ultraprocesados, azúcares refinados y grasas saturadas, que pueden favorecer la inflamación sistémica.

Cómo proteger las articulaciones en las actividades cotidianas

La educación terapéutica es esencial para enseñar al paciente mayor a realizar sus actividades diarias de forma segura y eficiente. Algunas recomendaciones prácticas incluyen:

  • Evitar levantar objetos pesados por encima de la cabeza, optando por utilizar escalones o ayudas mecánicas.
  • Distribuir las tareas domésticas a lo largo del día, alternando periodos de actividad con periodos de descanso.
  • Utilizar el brazo sano para las tareas más exigentes y reservar el brazo afectado para actividades más ligeras.
  • Proteger la articulación durante el sueño, colocando una almohada de apoyo si se duerme del lado afectado.
  • Mantener una postura erguida al sentarse y al caminar, evitando la cifosis dorsal que sobrecarga el hombro.
  • Realizar pausas activas si se trabaja muchas horas frente al ordenador o en tareas repetitivas.

La práctica regular de actividad física adaptada es otra recomendación clave. Actividades como caminar, nadar, practicar tai chi o realizar ejercicios en el agua son especialmente beneficiosas porque mejoran la condición física general sin sobrecargar excesivamente la articulación del hombro. Un fisioterapeuta puede diseñar un programa de ejercicio terapéutico individualizado y supervisar su correcta ejecución.

Opciones médicas y quirúrgicas: cuándo son necesarias

Aunque la fisioterapia es el pilar del tratamiento conservador, no es la única opción terapéutica. En los casos de dolor moderado o severo, los fármacos antiinflamatorios no esteroideos (AINEs) pueden utilizarse de forma transitoria para controlar los brotes inflamatorios. El paracetamol también puede emplearse como analgésico de base, aunque su eficacia en la artrosis es limitada.

Las infiltraciones intraarticulares de corticosteroides son una opción útil en los brotes de dolor agudo, ya que reducen la inflamación local de forma rápida. Los ácidos hialurónicos, también administrados mediante infiltración, buscan mejorar la calidad del líquido sinovial y ejercen un efecto lubricante y protector, aunque su evidencia en la artrosis de hombro es menor que en la de rodilla. Estas técnicas deben combinarse siempre con un programa de fisioterapia que potencie sus efectos.

El papel de la cirugía en el paciente mayor

Cuando el dolor es intenso, la función está gravemente limitada y los tratamientos conservadores han fracasado, la cirugía puede plantearse como última alternativa. Las opciones quirúrgicas más frecuentes son la artroscopia de limpieza articular, reservada para casos seleccionados con patología asociada, y la artroplastia o prótesis de hombro, que consiste en sustituir las superficies articulares dañadas por material artificial.

La edad avanzada no es, por sí misma, una contraindicación para la cirugía. El estado de salud general, la calidad ósea, la integridad del manguito rotador y el nivel funcional previo son factores más importantes que la edad cronológica. En cualquier caso, la rehabilitación postoperatoria es fundamental para obtener un buen resultado funcional y, en este contexto, la fisioterapia geriátrica juega un papel esencial en la recuperación de la fuerza, el rango de movimiento y la confianza del paciente.

Conclusión para pacientes, familiares y cuidadores

La artrosis de hombro es una enfermedad degenerativa y crónica, lo que significa que no tiene cura y que el cartílago deteriorado no se regenera. Sin embargo, es muy importante entender que esto no equivale a una sentencia de dolor y discapacidad permanente. Con el tratamiento adecuado, es posible controlar los síntomas, mejorar la función del hombro y mantener una buena calidad de vida incluso en edades avanzadas.

Como paciente o familiar, es clave asumir un papel activo en el manejo de la enfermedad. Esto implica seguir las indicaciones del fisioterapeuta y del médico, realizar los ejercicios de forma regular, adoptar medidas de protección articular y mantener un estilo de vida saludable. La fisioterapia no es un parche temporal, sino una herramienta educativa y terapéutica que debe integrarse en la rutina diaria para obtener resultados a largo plazo.

Si tu dolor de hombro no mejora con el tratamiento conservador o si nota que su capacidad para realizar actividades básicas está disminuyendo, conviene consultar con un especialista en traumatología o rehabilitación para valorar la situación y plantear nuevas estrategias. Es mejor prevenir que lamentar, y en la artrosis, cada mes cuenta.

Conclusión para profesionales de la salud

Desde una perspectiva clínica, el manejo de la artrosis de hombro en el paciente geriátrico debe basarse en un enfoque biopsicosocial. La evaluación inicial no puede limitarse a la cuantificación del daño estructural en las pruebas de imagen, sino que debe incorporar una valoración funcional integral del miembro superior, incluyendo la fuerza, el rango de movimiento, la propiocepción y la capacidad para realizar las actividades de la vida diaria. La escala funcional de Constant-Murley y el cuestionario DASH son herramientas útiles para objetivar la evolución y la respuesta al tratamiento.

La evidencia actual respalda el ejercicio terapéutico como la intervención más eficaz para reducir el dolor y mejorar la función en la artrosis de hombro. Los programas de ejercicio deben incluir componentes de fortalecimiento, movilidad y propiocepción, y deben adaptarse a la tolerancia y preferencias del paciente. La terapia manual y las modalidades analgésicas pueden complementar el tratamiento, aunque con un grado de evidencia menor. Las infiltraciones de corticosteroides pueden ofrecer un alivio sintomático a corto plazo, pero no deben utilizarse de forma repetida ni como sustituto de la rehabilitación.

Es imprescindible trabajar en red con otros profesionales para garantizar una atención multidisciplinar. La colaboración con traumatólogos, geriatras, terapeutas ocupacionales, nutricionistas y profesionales del trabajo social permite abordar los múltiples factores que influyen en la salud del paciente mayor. Además, la investigación continua en el campo de la regeneración del cartílago, la medicina regenerativa y la rehabilitación personalizada promete nuevas oportunidades terapéuticas que deberán ser evaluadas con rigor antes de su implementación clínica. La fisioterapia tiene un papel protagonista en este escenario y, como profesionales, tenemos la obligación de mantenernos actualizados y de ofrecer a nuestros pacientes mayores un abordaje basado en la evidencia y en la humanidad.

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Fisio Nuria Martinez
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