El aumento de la esperanza de vida ha traído consigo un incremento de cirugías ortopédicas mayores en personas de edad avanzada, como las prótesis de cadera o rodilla y las intervenciones de columna. Dentro de este grupo, quienes presentan fragilidad —un estado de vulnerabilidad fisiológica que reduce las reservas funcionales— afrontan un riesgo más alto de complicaciones postoperatorias, estancias hospitalarias prolongadas y pérdida de independencia. Por ello resulta esencial cambiar el enfoque tradicional y comenzar a preparar al paciente mucho antes de que entre al quirófano.
La prehabilitación, entendida como un proceso de optimización física y funcional previo a la cirugía, se ha consolidado como una herramienta prometedora para reducir estos riesgos. Lejos de ser una simple recomendación de actividad ligera, su versión moderna implica una intervención multicomponente que combina nutrición, ejercicio terapéutico, revisión farmacológica y soporte psicosocial. Un estudio de viabilidad reciente, liderado por Schmidt y colaboradores (2024), ha mostrado que incluso en adultos mayores con fragilidad este programa es factible, bien aceptado y potencialmente eficaz. A lo largo de este artículo exploraremos en profundidad qué abarca la prehabilitación geriátrica en traumatología, cómo aplicarla y por qué el fisioterapeuta se convierte en un pilar clave del equipo.
La prehabilitación no es simplemente “hacer ejercicio antes de operarse”. Se trata de una estrategia proactiva que aprovecha la ventana de tiempo entre la indicación quirúrgica y la intervención para construir reservas funcionales. En el adulto mayor frágil, donde la sarcopenia (pérdida de masa y fuerza muscular) es frecuente, cada semana de inactividad preoperatoria puede traducirse en una merma significativa de la capacidad para afrontar el estrés metabólico de la cirugía y la posterior rehabilitación.
Desde una perspectiva fisiológica, la agresión quirúrgica desencadena un estado catabólico que consume proteínas musculares. Si la persona llega a la operación con un músculo debilitado y unas reservas nutricionales bajas, la recuperación se alarga y las probabilidades de complicaciones como infecciones, delirium o pérdida funcional permanente se disparan. La prehabilitación pretende invertir, o al menos mitigar, ese punto de partida desfavorable.
Además, este abordaje tiene un fuerte componente de empoderamiento: el paciente y su familia dejan de ser sujetos pasivos y se convierten en protagonistas de la recuperación antes de que esta comience. Este cambio de mentalidad ha demostrado mejorar la motivación, la adherencia a los cuidados postoperatorios y los resultados a largo plazo, aspectos que emergen con fuerza en los estudios cualitativos sobre el tema.
Un programa completo no puede limitarse a una sola esfera. La evidencia actual, incluyendo los hallazgos de Schmidt et al., apunta a que las intervenciones deben ser multidimensionales y personalizadas. A continuación desglosamos los pilares que todo fisioterapeuta y equipo interdisciplinario debe considerar.
Antes de diseñar cualquier plan, es imprescindible una valoración que vaya más allá del diagnóstico ortopédico. Herramientas como el Índice de Pronóstico Multidimensional Breve permiten identificar la fragilidad de manera rápida y clasificar a los pacientes según su riesgo. En el estudio de viabilidad mencionado, se cribó al 30% de los pacientes derivados para cirugía de hombro, cadera, rodilla o columna; de ellos, el 78% aceptaron participar, lo que refleja que la identificación temprana es viable en entornos clínicos reales.
Esta evaluación no solo orienta la intensidad del programa, sino que ayuda a coordinar los recursos: un paciente que vive solo (71% de los participantes en dicho estudio) y toma siete o más fármacos (79%) requiere un apoyo logístico y social diferente al de alguien que cuenta con redes familiares sólidas. El fisioterapeuta, en colaboración con el geriatra, puede liderar esta fase de estratificación.
El músculo no se construye sin materia prima. La intervención nutricional en la prehabilitación geriátrica suele centrarse en garantizar un aporte proteico suficiente (1,2‑1,5 g/kg de peso al día) y calorías adecuadas, a menudo mediante suplementos líquidos o polvos proteicos. En el programa evaluado por Schmidt et al., todos los pacientes consumieron una variedad de productos proteicos durante las cuatro semanas previas a la cirugía, y esa suplementación se mantuvo en el perioperatorio inmediato.
La adherencia a la pauta nutricional fue alta, en parte gracias al seguimiento telefónico y al apoyo familiar. Es importante destacar que la intervención nutricional no la prescribe el fisioterapeuta, pero este profesional es fundamental para motivar al paciente, reforzar la importancia de la ingesta proteica y monitorizar signos de desnutrición a través del contacto frecuente.
El ejercicio terapéutico constituye el núcleo de la prehabilitación desde la óptica de la fisioterapia. No se trata de pautas genéricas, sino de un plan individualizado que combina trabajo de fuerza (especialmente en los grupos musculares implicados en la marcha y la estabilidad articular), equilibrio, movilidad y capacidad cardiorrespiratoria. En el estudio danés, los participantes informaron una adherencia notable: puntuación media de 21 sobre 24 en la escala de actividad física más alta experimentada.
La clave está en la progresión. Un paciente con artrosis de rodilla severa no puede hacer sentadillas profundas, pero sí ejercicios isométricos, trabajo en cadena cinética cerrada de bajo impacto y fortalecimiento de la musculatura adyacente. El fisioterapeuta diseña la pauta, corrige la técnica en consulta y, si es necesario, realiza visitas domiciliarias o teleconsultas para ajustar la intensidad. Además, enseña el uso correcto de muletas y las primeras movilizaciones que se esperan tras la cirugía, dotando al paciente de herramientas concretas para reducir el miedo y la inseguridad.
La polifarmacia es casi la regla en el adulto mayor frágil. Medicamentos como benzodiacepinas, anticolinérgicos o determinados antihipertensivos pueden aumentar el riesgo de caídas, deterioro cognitivo perioperatorio o hipotensión. En la intervención evaluada por Schmidt y su equipo, la revisión farmacológica a cargo de un geriatra provocó cambios en al menos un fármaco en todos los pacientes que completaron la prehabilitación.
Para el fisioterapeuta, conocer los fármacos que toma el paciente no es un mero trámite. Los anticoagulantes, por ejemplo, influyen en decisiones sobre terapia manual; los analgésicos pueden enmascarar molestias durante el ejercicio. La comunicación con el médico prescriptor y la historia clínica compartida son, por tanto, condiciones necesarias para una prehabilitación segura.
Un hallazgo cualitativo recurrente fue que el soporte constante de los proveedores de salud y los familiares resultaba determinante para la adherencia. Las llamadas telefónicas (una media de seis por paciente en el estudio) no solo servían para resolver dudas logísticas, sino que ofrecían un espacio de refuerzo motivacional y contención ante los miedos propios de enfrentarse a una cirugía mayor.
El fisioterapeuta, con su contacto regular, se convierte a menudo en la cara más visible de ese soporte. Al acompañar al paciente durante semanas, puede detectar precozmente signos de desánimo, falta de adherencia o cambios clínicos que requieran atención del geriatra o del cirujano. Esta red de seguridad psicológica es especialmente importante en quienes viven solos, una realidad para el 71% de los participantes del trabajo citado.
| Componente | Acciones clave | Profesional implicado |
|---|---|---|
| Evaluación de fragilidad | Aplicar herramientas de cribado multidimensional, estratificar riesgo, identificar necesidades sociales | Geriatra, fisioterapeuta, enfermería |
| Nutrición | Valoración dietética, suplementos proteicos hipercalóricos, asesoría individualizada | Nutricionista o dietista; apoyo de enfermería y fisioterapeuta |
| Ejercicio físico | Programa progresivo de fuerza, equilibrio, marcha y entrenamiento respiratorio; enseñanza del uso de ayudas técnicas | Fisioterapeuta |
| Revisión farmacológica | Desprescripción de fármacos de riesgo, ajuste de dosis, conciliación con médico de cabecera | Geriatra, farmacéutico clínico, médico de familia |
| Soporte psicosocial y seguimiento | Llamadas telefónicas periódicas, implicación familiar, refuerzo motivacional, coordinación con atención domiciliaria | Enfermera especializada, fisioterapeuta, trabajadora social |
Para pasar de la teoría a la práctica, es necesario demostrar que un programa tan complejo es factible en condiciones reales. El trabajo llevado a cabo entre diciembre de 2023 y marzo de 2024 con pacientes daneses mayores de 65 años ofreció las primeras respuestas. Se trató de un estudio de viabilidad que combinó datos cuantitativos de registros clínicos y encuestas con entrevistas en profundidad a pacientes y profesionales.
De 131 pacientes que iban a ser operados de hombro, cadera, rodilla o columna, 39 (30%) fueron evaluados formalmente para fragilidad. Entre los que cumplían criterios de fragilidad y fueron elegibles, el 78% decidieron participar. La edad media fue de 76 años, el 80% eran mujeres y siete de cada diez vivían solos, mientras que casi ocho de cada diez tomaban siete o más medicamentos de forma crónica. Cuatro participantes abandonaron: dos por caídas traumáticas y dos debido a complicaciones quirúrgicas inesperadas.
Los diez pacientes que finalizaron la intervención de cuatro semanas mostraron una excelente adherencia, tanto a la ingesta de suplementos proteicos como al plan de ejercicio (puntuación 21/24 en la escala de actividad percibida). La mediana de estancia hospitalaria tras la cirugía fue de solo 1 día (rango intercuartil 1-3), y únicamente un paciente requirió reingreso urgente en los 90 días posteriores. Estas cifras, aunque modestas por el tamaño muestral, apuntan a un beneficio clínico potencial que justifica un futuro ensayo controlado aleatorizado.
Las entrevistas revelaron tres factores que facilitaron la aceptación y la efectividad de la prehabilitación. El primero fue la intervención individualizada: los participantes señalaron que el programa “se adaptaba a mi vida, no al revés”, lo cual potenciaba su motivación y su compromiso diario. Sentían que el equipo los conocía y que las pautas eran realistas para su entorno y sus limitaciones.
El segundo factor fue el soporte de sistemas: la figura de la enfermera especializada, la disponibilidad telefónica y la participación activa de los familiares crearon una red invisible pero robusta que amortiguó los momentos de duda o de cansancio. Por último, se documentó un cambio de comportamiento sostenido: al terminar la intervención, muchos pacientes siguieron manteniendo hábitos de ejercicio y nutrición porque los percibían como útiles, no como una obligación pasajera. Este arrastre de conductas saludables es un tesoro para cualquier programa de salud pública.
Trasladar estos resultados a la consulta diaria requiere un flujo de trabajo organizado y multidisciplinar. El fisioterapeuta ocupa una posición privilegiada para coordinar la parte funcional del programa y ejercer de enlace con el resto del equipo. A continuación se describe una posible ruta de implementación basada en el modelo del estudio y en la experiencia clínica.
Más allá de diseñar y supervisar los ejercicios, el fisioterapeuta actúa como el profesional que mayor tiempo y frecuencia de contacto mantiene con el paciente durante estas semanas. Esta cercanía le permite monitorizar la evolución real, detectar barreras no previstas (dolor, miedo, falta de adherencia) y comunicarlas al equipo. Esa labor de vigilancia y escucha activa a menudo marca la diferencia entre un abandono y una culminación exitosa.
Además, su conocimiento del aparato locomotor y de la biomecánica le convierte en el interlocutor natural para informar al cirujano sobre el estado funcional real del paciente y aconsejar, por ejemplo, si conviene retrasar unos días la intervención para mejorar un déficit muscular concreto. En resumen, un fisioterapeuta integrado en un equipo de prehabilitación deja de ser un recurso exclusivamente postoperatorio para convertirse en un gestor de la salud funcional en todo el continuo asistencial.
Si usted o un familiar cercano se va a someter a una cirugía ortopédica mayor, hablar con su médico sobre la posibilidad de iniciar una prehabilitación puede marcar una diferencia sustancial. Aprovechar las semanas previas para fortalecer la musculatura, mejorar la alimentación y aprender los primeros ejercicios reduce el tiempo de hospitalización y, sobre todo, ayuda a salir del quirófano con mayor confianza y control. El proceso no supone una carga excesiva si se planifica bien y, como muestra la investigación, el apoyo telefónico y familiar consigue que incluso las personas de mayor edad y fragilidad lo completen con éxito.
No es necesario ser un atleta para lograrlo; basta con un plan individualizado y el acompañamiento de profesionales que le guíen en cada paso. Recuerde que la cirugía es solo una estación en el camino de vuelta a su vida cotidiana, y preparar el cuerpo para ese trayecto es una inversión de la que difícilmente se arrepentirá.
La evidencia, aunque aún en fase de viabilidad, sugiere que los programas de prehabilitación geriátrica son aplicables en sistemas públicos de salud siempre que se disponga de un equipo interdisciplinar mínimo y se utilicen herramientas de cribado de fragilidad validadas. Los resultados del estudio de Schmidt et al. avalan la factibilidad, con una tasa de reclutamiento del 78% entre pacientes elegibles y una adherencia alta a la intervención, incluso en un perfil de paciente vulnerable (80% mujeres, 71% vivía solo, 79% polimedicado).
Para su implementación rutinaria será necesario estandarizar protocolos, garantizar la comunicación entre atención primaria y especializada y asegurar la financiación de los recursos humanos implicados. El fisioterapeuta debe ser considerado parte nuclear del equipo desde el minuto cero, no un eslabón tardío. Las próximas investigaciones tendrán que confirmar los beneficios clínicos en ensayos aleatorizados y medir variables como la calidad de vida, la relación coste-efectividad y la mortalidad a largo plazo. Hasta entonces, los resultados disponibles justifican iniciar programas piloto en aquellas unidades de cirugía ortopédica que reciban un alto volumen de pacientes mayores con fragilidad.
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